Otros Tres relatos de Navidad (2)

Posted on

“FELIZ MALDITA NAVIDAD”

Tatiana Alemán

Feliz Navidad, hermano. Y felices 11 meses en el penal de Mariona.

Después de una semana de depresión, hoy me atrevo a contar lo que pasó el pasado martes 5 de diciembre de 2017.
Ese día se iba a realizar la audiencia contra los policías que le pusieron droga a mi hermano. Pero, en lugar de protagonizar un juicio, Daniel y yo nos vimos por tercera vez en el año.

Entré al Isidro Menéndez con ilusión y salí peor. El declive inició en la sala de espera de los testigos. A eso de las 10:00 de la mañana salí del cuarto a tomar agua. Buscando con la mirada encontré a un custodio cuidando una celda, inaccesible a los transeúntes. Perdí el miedo y me atreví a preguntarle si él estaba a cargo de Daniel Alemán. Me respondió que sí.

Le pregunté si podía verlo, pero me dijo que no. Entonces le pedí que le dijera Feliz Navidad. Que lo quería. Mientras hablaba con ese hombre, unas cadenas se movieron y alguien dijo: “Jefe, ¿puedo decirle feliz Navidad a mi hermana?”. El custodio contestó que no. Me di la vuelta y me fui llorando.

Pero lo peor estaba por venir. Cuando nos avisaron que se había suspendido la audiencia, pedí verlo en la sala. Ahí estaba él. Esposado de pies y manos, custodiado. Estaba el fiscal y personal del tribunal. No quiero describir los detalles porque cada vez que me acuerdo o lo cuento, lloro. Porque nos dijimos te amo y nos deseamos feliz maldita Navidad. Y porque, por milésima vez, le dije que a costa de mi vida lo iba a sacar de ese lugar.

Once meses ya. Once meses en donde casi lo han violado, intimidado y de todo un poco. Su proyecto de vida se ha paralizado.

Hoy te recuerdo con una de tus canciones favoritas.

Daft Punk Harder, Better, Faster, Stronger

“SÍ, VIRGINIA, PAPA NOEL EXISTE”

Juan José Guerrero

La siguiente narración es tierna, agridulce, real y los hechos relatados sucedieron en un corto lapso de la guerra interna que nos asoló durante 36 años.

Corría el mes de noviembre de 1980. En un pequeño pueblo de Alta Verapaz apareció —de la noche a la mañana— una indigente que dormía donde la oscuridad la sorprendía. Desplegaba unos cartones que le servían de cama y cobija y pernoctaba a la intemperie. Comía lo que encontraba a mano: frutas o algún obsequio.

Deambulaba por las calles hablando en solitario. Mezclaba palabras castellanas con algún idioma maya que no era q’eqchi’. Por ello, nadie le entendía algo.

El cura del lugar estaba pasando en esos días por una terrible crisis existencial. La cantidad de secuestrados y muertos en su parroquia lo había llevado al borde de la locura y había decidido dejar el sacerdocio. Sentía —me compartió años después—, que Dios lo había abandonado. Fue en aquel momento cuando apareció Rosita. Él fue quien la llamó Rosita por el parecido de su rostro al de Santa Rosa de Lima.

El cura, en un último acto de caridad, habló con sus feligreses y los organizó de tal manera que, para diciembre, Rosita tenía una ruta establecida para recibir sus tiempos de comida: Desayuno del lunes en la casa de los Pop, almuerzo de ese día en la casa de los Ramírez y así, en una sucesión de “posadas” el sacerdote le dejó asegurada su alimentación. Los días domingo Rosita almorzaba en la casa parroquial.

Muchas veces trató de comunicarse con ella pero era imposible establecer una relación verbal. La mujer aquella mantenía la mirada perdida en el horizonte y solo articulaba palabras cuando deambulaba por las calles del pueblo. No aceptaba un lugar para cobijarse en las noches. Seguía durmiendo a la intemperie.

Un día martes, al estar preparando el sacerdote lo que sería su último almuerzo en aquel lugar, vio por la ventana de la cocina que Rosita ingresaba a la parroquia llevando una bolsa de papel en la mano. Con fastidio se dirigió a la puerta diciéndole:

—¡Hoy no te toca aquí Rosita…! ¡Y todavía no he hecho el almuerzo…!

Más que hablar, el cura se expresaba en forma no verbal gesticulando con las manos. Su sorpresa fue enorme cuando Rosita, la indigente que solo hablaba consigo misma le dijo con palabras entrecortadas:

—Hoy… no… vengo… a… a… pedirte co… co… comida… pa… pa… padre, es… que hoy… una… se… se… ñora… me… me… re… ga… ló dddos pa… pa… panitos y ttt.ttt… cccomo… vos sos tan bue… no… con… migo, pppasé a re…ga… lar…te u… u…¡uno!, eees l…l… la mi… mi… taddd ddde l… l… lo que… t…t… ten…go pppa…ra co…co… ¡comer!

El impacto psicológico y espiritual fue tremendo para el clérigo. La pordiosera, la que solo tenía dos panes en su haber, había decidido regalarle la mitad de lo suyo. Él la abrazó y sollozó. Lloraron ambos. Interpretó la actitud de Rosita como un enérgico signo de los tiempos.

En los días siguientes, Rosita logró expresarse mejor y le contó su historia. Era una sobreviviente de la horrenda Masacre de Pichec (aldea de Rabinal, Baja Verapaz) y el idioma en que mejor se expresaba era el achí. Nunca supo ella cómo logró salir viva de aquel infierno (Pichec durante la masacre) y deambuló por la montaña hasta encontrar el pueblecito donde el cura se preparaba para dejar la sotana. Y por la mala. Había decidido —sintiéndose peleado con Dios—, no avisar ni al obispo.

El verdadero nombre de Rosita era Dominga y durante el exterminio de su comunidad, como mecanismo de defensa, cortó relación mental con la realidad y erró durante semanas a la buena de Dios. En la actualidad es la hermana Dominga de la Resurrección. Pertenece a una Orden religiosa contemplativa.

Me contó el cura, amigo mío de juventud, que el tamal de esa Nochebuena le supo a gloria. Tenía sabor a esperanza. Compartieron la mesa: Rosita, el sacerdote y su abuelita.

El día que Rosita habló por primera vez con el párroco, después de llorar abrazada a él, vio las maletas que el clérigo ya tenía listas para partir y en silencio, como impelida por la Eterna Presencia, las abrió y devolvió los avituallamientos a su lugar. El cura le enseñó dónde colocarlos.

Esta Navidad mi amigo sacerdote cumplirá tres años de celebrarla en la presencia del Señor y Rosita, 30 de ser monja de clausura. Después de recuperarse psicológicamente ingresó al monasterio.

Feliz Navidad a todas y todos nuestros lectores.

“SÍ, VIRGINIA, PAPA NOEL EXISTE”

En 1897, una niña de ocho años llamada Virginia escribió una carta al director del diario neoyorkino The Sun. El periódico se apresuró a publicar una respuesta, que firmaría el reportero veterano Francis Pharcellus. La carta de Virginia y la respuesta del periódico se han convertido en la pieza periodística más reproducida y citada de la Historia.

«Para nosotros es un placer responder de inmediato la comunicación de más abajo, expresando al mismo tiempo nuestra inmensa satisfacción por el hecho de que su fiel autora se cuente entre los amigos de The Sun:

Querido director:

Tengo ocho años.

Algunos de mis amigos dicen que Papa Noel no existe.

Papá dice: “Si lo ves en The Sun, existe”.

Por favor, díganme la verdad. ¿Existe Papa Noel?

Virginia O’Hanlon

115 West 95th Street.

VIRGINIA, tus amiguitos están equivocados. A ellos les ha afectado el escepticismo de una era escéptica. No creen salvo en lo que ven. Piensan que algo no es posible si sus pequeñas mentes no son capaces de entenderlo. Todas las mentes, Virginia, sean de hombres o niños, son pequeñas. En este gran universo nuestro, el hombre es un mero insecto, una hormiga, en su intelecto, si lo comparamos con el mundo sin fronteras que le rodea, si lo medimos según la inteligencia capaz de aprehender toda la verdad y todo el conocimiento.

Sí, VIRGINIA, existe Papa Noel. Ciertamente él existe igual que existen el amor, la generosidad y la devoción, y sabes que éstos abundan, dando a tu vida las mayores bellezas y alegrías. ¡Ay! ¡Cuán aburrido sería el mundo si no existiese Papa Noel! Sería igual de aburrido como si no existiesen VIRGINIAS. No habría fe infantil, ni, por tanto, poesía, ni romance para hacer tolerable esta existencia. No tendríamos placeres, excepto los de los sentidos y la vista. La luz eterna con la que la infancia llena el mundo se extinguiría.

¡No creer en Papa Noel! ¡Entonces tampoco deberías creen en hadas! Podrías pedir a tu papá que contratase hombres para vigilar todas las chimeneas la noche de Navidad para atrapar a Papa Noel, pero incluso si no viesen a Papa Noel descender por alguna, ¿qué demostraría eso? Nadie ve a Papa Noel, pero eso no prueba que no exista Papa Noel. Las cosas más reales en el mundo son aquellas que no pueden ver ni niños ni hombres. ¿Has visto alguna vez hadas bailando sobre el césped? Por supuesto que no, pero no hay ninguna prueba de que ellas no estén allí. Nadie es capaz de concebir ni de imaginar todas las maravillas que permanecen ocultas ni las que permanecerán para siempre en el mundo.

Rompes el sonajero de un bebé y ves lo que produce el ruido dentro, pero hay un velo que cubre el mundo oculto que ni el hombre más fuerte, ni incluso la fuerza unida de todos los hombres más fuertes de todos los tiempos, podrían romperlo. Sólo la fe, la poesía, el amor, el romance, pueden descorrer esa cortina y ver y contemplar la belleza sobrenatural que se oculta detrás. ¿Es todo real? Ah, VIRGINIA, en todo este mundo no hay nada real y perdurable. ¡Ningún Papa Noel! ¡A Dios Gracias! Él vive, y vive para siempre. Mil años a partir de ahora, no, diez veces diez mil años a partir de ahora, él continuará alegrando los corazones de la infancia.»

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s