Cinco relatos de navidad…

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Navidad en la finca por Fidel Eguizábal

Esa tarde en la finca me dijo mi mamá “hijo vaya a traer un arbolito para adornarlo”. Rápido me fui con un corvo viejo a buscar entre los cafetales y “los huatales”. Encontré un palito con flores blancas, de un metro y medio de altura. Justo lo que necesitábamos. Lo pusimos en el pilón, en donde antes se molía el café seco. Las estrellitas las hacíamos de envoltorio brillante de cajetillas de cigarrillos. La luna era la que hacía brillar los adornos.

Las manos de mi madre le daban el toque navideño al arbolito de Navidad, el cual se colocaba en la entrada de la casa. En el corredor principal. Mientras tanto, los cortadores hacían su faena diaria. Los miches (orquídeas) y flores naturales hacían ver más vistoso al árbol.

La gallina india estaba lista para hacer los tamales. Nos tocó junto con los otros niños corretear a la gallina entre el cafetal para agarrarla. No podían faltar las tortas de pan cocinadas en el horno artesanal.

Le ayudaba a mi mamá en llevar las cazolejas. Había abundancia y alegría. Y, como solo éramos los dos, nos uníamos con la familia de don Chepe. Con sus hijos y nietos hacíamos bulla y jugábamos en los amplios corredores de la casona.

En medio de esas montañas, no podía faltar una bolsa llena de cohetillos, los cuales eran los únicos que interrumpían el silencio a media noche anunciando que el niño Dios había nacido. A lo lejos se escuchaba los ecos de los cohetes de Concepción de Ataco y Tacuba.

En la radio escuchábamos villancicos, los grillos y la paz del lugar eran nuestros acompañantes. No teníamos cámaras fotográficas para guardar los lindos recuerdos de la Mágica Navidad. La radio anunciaba que faltaba cinco para las doce. Alistábamos el tizón para reventar estrellitas. Me divertía ver a mi madre tirar unos cohetillos al patio. Yo destapaba el carrito que papa Chus me había traído.

El 31 de diciembre hacíamos lo mismo. En esa ocasión mucho más alegres. El año nos daba la bienvenida y mi madre cumplía años. Los tamales de cambray era la delicia a disfrutar.

Momentos inolvidables que cada quien guarda en su corazón…ahora comparto con mi esposa y mis hijas la magia de la Navidad y la bienvenida del nuevo año.

Diciembre de 2015

Noche buena

Salarrué

Cuentos de Barro

La tarde herida cayó detrás del cerro, con lala azul tronchada y el pico dioro entreabrido. El nido de noche quedó solito, con piojío de estrellas y el huevo brilloso de la luna. Plumas quedaron angeleando, tristosas.

Los guarumos, altos y chelosos, se miraban en las escuranas, con aspecto de espíretos de palos. La brisa espesa, tufosita y jelada, hacía nadar las ramas en los claros morados del cielo.

El sereno mojisco untaba brillos en los bultos de las cosas; y toda la tierra se encaramaba al cielo en olores. Lijaban los grillos, puliendo el silencio. Por la puerta del rancho embarrancado, salió al pedrero una puñalada de luz.. Las sombras acamelladas de los moradores reptaron hasta el patio. Un chucho, interpuesto, se había hecho mesa en el umbral.

Poco a poco, la noche se fue alunando en clarores hermosos. Desde el patio se columbró el caserío del pueblo. Uno quiotro candil estrellaba la calle. En el campanario antiguo, la luna cuajaba, campaneando alegre; y, de cuando en cuando, los cuetes puyaban la carpa tilinte del cielo, chiflando todos luminosos y rebotando con estrépito.

* * *

La nana se enrolló en el tapado y salió, seguida de los dos cipotes. La Tina tenía once años; era delgadita y pancitinga. Nacho andaba en cinco: sopladito, pujoso, careto y mocoso. La camisa le campaneaba al haz del ombligo. Caminaba jalado, atrompezándose y con la boca en forma de O, por la trancazón de la ñata. Bajaron al camino rial y cogieron rumbo al pueblo.

Iban, iban…, en silencio, tranqueando por la calle polvorosa que, como una culebra, tenía piel a manchas de sombra y luz. Unos toros pasaban por el llano, empujando la soledad con sus mujido de brama. Al pasar por La Canoga, frente al rancho de ño Tito, la puerta de luz les cayó encima, asustándoles los ojos, y oyeron la risa de la guitarra. Pasaron en fila. Iban, iban… Como era Nochebuena, había misa del gallo; y se había corrido la bola de que el padre Peraza iba a regalar juguetes a los chicos, después del sermón. La Tina y Nacho no habían tenido juguetes nunca. Jugaban de muñecas con caragües vestidos de tuzas; de tienda en la piladera; de pulicía, con olotes; y de pelotas, con bolas de morro. Iban, iban… La chucha seca los seguía, rastrera y tosigosa. Se óiba ya, clarito, el tamborón y el pito que pastoreaban la alegría pueblerina. En una embrocada que se dio el camino, saltó cheleante el pueblo; y, desde la torre de la iglesia, el ojo de dos pestañas del reló se les quedó mirando ceñudo, y no los perdió de vista hasta que embocaron por la plaza.

Había ventas; olía a jumo, a guaro, y a cuete. Se entraba al atrio entre ramas de coco y pitas empapeladas de colores. El pito y el tambor pastoreaban la alegría.

* * *

La niña Lola los topó en las gradas.

—¿Habís venido al reparto. Ulalia?

—Sí, pué…

—Date priesa si querés que te les den algo a los cipotes. Ya el padre tá cabando.

La nana jaló la cadena, en busca del reparto; siguió el lateral de la iglesia, y se aculó contra el chumazo e gente que iba entrando encipotada al reparto. La bullanga ensordecía. Entre los que se réiban, pujaban los apretados.

La Ulalia seguía aculada, siempre al tanteyo de coger puesto. Por fin, llegó hasta la barriga negra del cura. Sonaban trompetas: sonaban chinchines; sonaban tumblimbes.

—¿Y vos? ¿Vos no sos del pueblo, verdá?

—No, padre-cura; soy del valle…

—¡Hum, hum!… ¿Tus cipotes no han venido a la doctrina, verdá?

—No, Siñor: tamos lejos…

—¡Hum, hum!… Para vos nuay; para vos nuay… ¿Entendiste? Para vos nuay… Pase lotra, pase, pase…

* * *

Topadito al cerro, floriaba un lucero. La Ulalia iba, por el camino, de güelta.

Con su voz tísica, decía:

—¡Apurate, Nachito, andá!

La Tina luiba jalando. Nachito decía:

—¿Y ed juguetes, mama?…

La camisa le llegaba al ombligo. Iba tranqueando. A lo lejos se óiba el río embarrancado. En los claros salían de los palos brazos negros, que amenazaban al cielo.

—¡Apurate, Nachito, andá!…

—¿Y ed juguetes, mama?…

Al pasar por el rancho del ño Tito, la puerta de luz les cayó encima, y oyeron la risa de la guitarra.

Una Navidad a Puras Cachas

Mauricio Yanes

Cada vez que se acercaba la navidad se me instalaba un trozo de hielo muy cerca del corazón, era una nostalgia mezclada con tristeza y angustia.

En mi pensamiento infantil aparecía la  preocupación sobre si mis padres iban a poder sobrellevar los gastos que en esa época siempre conllevan. Me preguntaba si me iban a poder complacer con lo que deseaba como regalo, generalmente juguetes que anunciaban en televisión, me ponía ansioso saber cómo mi madre iba a construir mi estreno de pantalones y camisas de mi padre. Mi papá es el comediante Pánfilo Apurascachas. Y en la navidad a la que me quiero referir estuvo ausente todo el día. Cuando le preguntaba a mi madre ¿por qué mi papá no estaba? Me decía que había ido a cobrar unos centavos de unas funciones que aún le debían. Mi ansia era tener un Big Gim, un muñeco articulado que mi padre había insinuado que me iba a comprar. Llegaron las 7 de la Noche Buena y mi padre no aparecía. Mi madre se había afanado por mi “estreno” y había puesto la casa como un espejo de limpia y reluciente. El árbol de navidad y el nacimiento, lo construimos esa navidad de desperdicios y botes de vidrio, mi padre ocultaba nuestra miseria con creatividad y buen humor. Al filo de las 8 de la noche apareció mi padre con el rostro pálido y el pelo desordenado. Mi madre abrió la  puerta y con lágrimas en los ojos le dijo – No me pagaron. Mi madre soltó su frase favorita…¨Bendito sea Dios”. Agarró el teléfono se vistió para salir y se fue.

Al rato volvió con tamales y comida para la Noche Buena. Pero entre las cosas no venía Big Gim, era un muñeco muy caro. Luego fuimos al parque Libertad a fiar fuegos artificiales “cuetes”.  Y así se fue la Noche buena. Big Gim se burlaba de mí en los escaparates de los almacenes del centro de San Salvador.

El árbol

José María Sifontes

Publicado en el Diario de Hoy. 12 de diciembre de 2009.

La Navidad es una época de reencuentro. No solamente de reencuentro con familiares y amigos sino con nosotros mismo, con las personas que fuimos y hemos dejado de ser. Co nosotros cuando éramos niños, pues ¿en qué época de la vida se disfruta más la navidad que en la niñez?

Recordamos navidades y, como en el cuento de Dickens, nos trasladamos en espíritu a tiempos lejanos, a periodos navideños con nuestros padres y con amigos de la infancia. Rescatamos del polvo del tiempo a seres queridos pero también  a cosas queridas, pues la Navidad está llena de símbolos.

Hay cosas de las navidades remotas que ya  no están pero que persisten en nuestras mente de forma tan viva que pareciera  que nunca se fueron, que siguen ahí. En cierto sentido así es y aguardan a que llegue la Navidad  para volver a estar con nosotros. Para algunos es un regalo que tuvo significado especial, para otros el Nacimiento. Para mí, aquel viejo árbol de Navidad.

En mi niñez la Navidad comenzaba oficialmente  cuando mi madre tomaba la decisión de sacar las llaves de la bodega, un rincón de la casa que casi nunca se abría y que contenía objetos de épocas  ajenas a mí y a mis hermanos. Allí se guardaba también  el árbol, y era todo un ritual entrar a ese lugar con olor a  otros tiempos y pasarle  una mirada rápida a las cosas  misteriosas  que nunca contenía. Cargábamos  las cajas con  las piezas del árbol hasta el sitio dónde siempre lo poníamos, a pocos pasos de la entrada.

Era de aquellos árboles de Navidad  color de aluminio, con tiras brillantes pegadas a  trozos  de alambre rígido. Ya casi no se ven esos árboles. Quizás perecían muy artificiales pero para mi cada destello de sus “hojas” reflejaba encanto.

Armábamos primero el tronco, unos cilindros de madera que se enroscaban y que tenían agujeros para colocar las ramas. Competíamos para sacar las ramas de los envoltorios de papel y las sacudíamos para darles volumen. Los íbamos  colocando en el tronco y poco a poco el árbol tomaba forma. Había otra caja llena de “bombas” de distintos colores, unas esféricas, otras alargadas con puntas.

Ya no se ven tampoco esas bombas brillantes y tan frágiles que siempre había que terminar barriendo los restos de las que se quebraban y dejaban ver su interior plateado y su textura casi  incorpórea. Veían finalmente las luces y la estrella. Teníamos  también un reflector con una pantalla giratoria de varios colores, que cambiaban suavemente la tonalidad del árbol.

Como es natural la noche del 24 era cuando el árbol brillaba en todo su esplendor, con  la casa llena, música y ruidos de morteros que venían de la calle. Sin embargo a mí me gustaba más ver de otra forma, en la tranquilidad de la casa dormida, las noches previas a las celebraciones.

Me  levantaba  y prendía sus luces. Y  lo miraba por largo rato, en medio de la oscuridad y el silencio. Ahí permanecíamos, solos los dos, yo admirándola y el comunicándome  con su mudo lenguaje esas sensación única de la Navidad.

Todavía me gusta ver el árbol encendido en la tranquilidad de la noche. Me evoca  aquel árbol de mi niñez. A veces dudo e apagarlo cuando me voy a acostar. Puede que uno de mis hijos una ncohe de estas, sin que los demás nos demos cuenta lo visite.

 

Sí Virginia, sí existe Santa Claus

Francis P. Church,

Uno de los editoriales más famosos fue escrito por Francis P. Church, director asistente del diario “The New York Sun”. Fue publicado el 21 de diciembre de 1897, como respuesta a la carta de una pequeña niña. Desde entonces ha sido reproducido innumerables veces, llenando al mundo con las sencillas palabras que nos recuerdan la importancia de la inocencia, la fe y el amor.

Querido Editor:
Soy una niña de ocho años de edad. Algunos de mis amiguitos dicen que Santa Claus no existe. Papá me ha dicho: “Si lo ves publicado en “The Sun”, entonces es cierto”. Por favor, dígame la verdad, ¿existe Santa Claus?
Virginia O’Hanlon

Virginia:
Tus amiguitos están equivocados. Ellos han sido afectados por el escepticismo de una era escéptica. No creen más que en lo que sus ojos ven. Ellos piensan que no existe nada que sus pequeñas mentes no entiendan. Todas las mentes, Virginia, sean de hombres o de niños, son pequeñas. En nuestro vasto universo el hombre es un mero insecto, una hormiga, cuyo intelecto no resiste la comparación con el mundo ilimitado que le rodea ni, mucho menos, con la inteligencia capaz de aprender la totalidad de la verdad y el conocimiento.

Sí Virginia, Santa Claus existe. Su existencia es tan real como el amor, la generosidad y la devoción, y tú sabes que éstas abundan y dan a tu vida su máximo gozo y belleza. ¡Cuán sombrío sería el mundo si no existiera Santa Claus! Sería tan sombrío como si no hubiera Virginias. No existiría la fe infantil; no habría poesía, no habría romance para hacernos tolerable esta existencia. No tendríamos más gozo que el de los sentidos y la vista. La eterna luz con que la infancia ilumina al mundo se extinguiría.

¡No creer en Santa Claus! De la misma forma podrías no creer en las hadas. Tú puedes convencer a tu papá para que contrate hombres que vigilen la chimenea en Navidad y pillarlo, pero aunque no lo vieran bajar, ¿qué probarían? Nadie ve a Santa Claus, pero eso no prueba que no haya Santa Claus. Las cosas más reales del mundo son las que ni los niños ni los hombres ven. ¿Has visto alguna vez a las hadas danzando en el césped? Por supuesto que no, pero eso no es prueba de que no estén allí. Nadie puede concebir o imaginar todas las maravillas aún no vistas e invisibles que existen en el mundo.

Puedes romper la sonaja de un bebé para descubrir en su interior qué es lo que produce el sonido, pero hay un velo que cubre el mundo no visto que ni el hombre más fuerte, ni aún la fuerza unida de todos los hombres fuertes que hayan existido, puede romper. Sólo la fe, el amor, la fantasía, el romance y la poesía pueden apartar esa cortina y ver y mostrar la belleza sobrenatural y la gloria que están más allá. ¿Es todo ello real? Ah, Virginia, no hay en este mundo nada más real y permanente.

¿Qué no existe Santa Claus! Gracias a Dios él vive, y vivirá por siempre. Mil años después de ahora, Virginia, es más, diez mil años después, él continuará alegrando con su espíritu el corazón de los niños.

 

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