Seguridad sin derechos humanos, así controlan a las “maras” en China comunista.

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Seguridad sin derechos humanos

 

En las grandes ciudades chinas, a diferencia de las latinoamericanas, no hay grandes problemas de delincuencia. Aunque no logré aprender más que tres palabras básicas en chino —”por favor”, “gracias” y “sí”—, tanto los funcionarios chinos como mis colegas occidentales que viven en China me dijeron que podía caminar por la calle o tomar un taxi sin problema a cualquier hora del día o de la noche.

Nadie sabe cuál es el secreto de la relativa seguridad personal que existe en las ciudades chinas, pero todo el mundo lo sospecha: las penas para la delincuencia son draconianas, o mejor dicho bárbaras. Aunque el gobierno chino hace lo imposible para que las informaciones sobre los fusilamientos no se filtren al exterior, las ejecuciones son utilizadas como medidas ejemplares, y por lo tanto son casi públicas en el interior del país. Según me relató un diplomático occidental, en muchos casos las madres son invitadas al fusilamiento de su hijo, y se les permite escoger la bala con que será ejecutado, para que al regreso a su pueblo se enteren todos sus vecinos. Cuando les pregunté a otros diplomáticos y periodistas en Beijing si esta historia era cierta, casi todos me dijeron que era imposible saberlo, aunque muchos agregaron que era bastante probable.

Según Amnesty International, hay más fusilamientos por año en China que en todos los demás países del mundo juntos. “De acuerdo con un estimado basado en documentos internos del Partido Comunista Chino, hubo 60 mil ejecuciones en los cuatro años que van de 1997 a 2001, o sea, un promedio de 15 mil personas por año”, afirma el informe anual de Amnesty International. Esto significa que el gobierno chino ejecuta a una persona por cada 86 mil habitantes por año, lo que hace que la cifra no sólo sea alta del mundo cuantitativamente —lo que sería entendible, considerando que China tiene la población más alta del mundo— sino que también sería las más alta porcentualmente después de Singapur, señala el informe.

Fuente

Oppenhaimer, A Cuentos Chinos: el engaño de Washington la mentira populista y la esperanza de América Latina. 1a Edición , Buenos Aires : Debolsillo, 2007, págs. 87-85

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