Los juegos de la memoria en El Mozote

Posted on Actualizado enn

01/01/2015 19:32:46

Los juegos de la memoria en El Mozote

Tomado con autorización del autor y responsable del Blog original: http://losblogs.elfaro.net/elamigoimaginario/2015/01/memoria-en-el-mozote.html. Blog de Miguel Huezo Mixco

Niños 2

Mural en memoria de los niños y niñas masacradas en El Mozote

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A un costado de la iglesia de Santa Catarina, un colorido mural hecho con azulejos y espejos recuerda a los 140 niños y niñas asesinados en diciembre de 1981, en ese preciso lugar, el centro del caserío El Mozote. La memoria es un rompecabezas. En los últimos tres años me he encontrado con que las puertas de esa iglesia, invariablemente, permanecen cerradas. Para hacer la foto que ilustra este texto, tuve que saltar sin permiso la verja que rodea el mural.

Entre el 10 y el 12 de diciembre de 1981 el ejército salvadoreño cometió en los caseríos El Mozote, La Joya, Jocote Amarillo, Cerro Pando y Los Toriles, entre otros, la mayor matanza ocurrida en el hemisferio occidental en tiempos modernos. La Comisión de la Verdad de Naciones Unidas estableció que el número de las víctimas sobrepasaba las 900 personas. Esto equivale a trescientos asesinatos por día. Unas 12 o 13 personas por hora.

La mayoría de las osamentas fueron sepultadas en la base del monumento principal, que consiste en la muy conocida silueta negra de un grupo de personas tomadas de la mano. Al lado izquierdo de este, una cruz y un túmulo indican el lugar donde fue enterrada Rufina Amaya, fallecida en 2007, conocida como la “única sobreviviente” de la matanza.

Al lado derecho del monumento hay una nueva cruz. Recientemente, un poblador de El Mozote que decidió reconstruir su casa se encontró con los huesos de su familia, 33 años más tarde. Después de los reconocimientos de ley correspondientes, los restos fueron sepultados al lado de la fosa común. Me dicen que es posible que con el tiempo se hallen nuevas osamentas de quienes, malheridos, encontraron la muerte en veredas o quebradas, o que en los días posteriores a la masacre fueron arrastrados por animales a lugares remotos.

Es muy difícil establecer un relato unívoco de un evento como aquella matanza. La perspectiva de las víctimas introduce detalles y vivencias. Los mediadores, a menudo personas que conocieron indirectamente la experiencia, introducen sus propias agendas. Luego, interviene la imaginación, y la memoria ingresa en el terreno de la ficción. La memoria no es fiel. La memoria colectiva, inclusive, constituye un espacio de pelea por la hegemonía de una visión de mundo.

En El Mozote existen tres comités que trabajan para la preservación de la memoria sobre la matanza. Uno de ellos es el que está a cargo del monumento a los niños y niñas. Por motivos que medio mundo prefiere soslayar en público, esta agrupación ha decidido mantener cerrado el acceso a la iglesia y al mural.

Este 29 de diciembre, cuando me disponía a sortear una vez más la barandilla que impide el acceso al jardín y al mural, una señora que guiaba a un grupo de turistas, al ver mi intención, interrumpió su relato para advertirme amablemente que el ingreso a ese lugar no estaba autorizado.

La señora es habitante de la zona y forma parte de otro comité, auspiciado por el Ministerio de Turismo. De hecho, esa mañana las autoridades habían montado debajo de dos canopis con el logotipo del programa Pueblos Vivos ventas de souvenirs, videos sobre la guerra y dulces artesanales, en un ambiente de feria, quizás no del todo apropiado en un espacio para la reflexión y el recogimiento espiritual.

Hasta ahora poco o nada se ha dicho de que algunas de las personas y familias enteras asesinadas en diciembre de 1981 pertenecían a iglesias evangélicas. Ellas, en muchos casos, no compartían las ideas y prácticas del movimiento armado y social de la zona. Una investigación en proceso intenta reconstruir la complejidad del entramado religioso, social y político de las víctimas. La memoria es un horizonte que se mueve a medida que uno intenta acercarse a él.

No muy lejos de allí, en los alrededores del municipio de San Fernando, existen otras fosas comunes. En este caso, los restos no son de civiles sacrificados injustamente, sino de efectivos del ejército que perecieron en el marco de una maniobra conocida como la batalla del Moscarrón.

El 11 de junio de 1982, después de varios días de combates, tres compañías del ejército fueron puestas en retirada, dejando decenas de muertos en el camino. Cuando terminó la guerra, sus restos no fueron recuperados por los mandos militares. Las comunidades de la zona podrían dar una señal ejemplarizante, honrando la memoria de esos salvadoreños, hijos de campesinos, que también fueron víctimas de una guerra a la que muchos llegaron reclutados de manera forzosa. ¿Quizás sea pedir demasiado?

La memoria también es leyenda. Es cierto que Rufina Amaya jugó un papel decisivo en la denuncia de la matanza. Le puso rostro al horror. Sus dones naturales y su valentía le permitieron hablar en nombre de su pueblo. Pero, contra lo que suele repetirse, Rufina no fue la única sobreviviente. “La memoria de las luciérnagas”, un documental producido por el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU), recoge estremecedores relatos de numerosas mujeres que padecieron la represión en carne propia en El Mozote.

Es aquí donde surge una historia de resonancias ancestrales. Existen varias versiones sobre la increíble historia de Andrea Márquez, sobreviviente de la matanza, que fue conocida por muchos años como “la Sigüanaba” del río Sapo. Andrea fue sorprendida por el ejército en el cantón la Joya, de Meanguera. Con su tierna hija  en brazos, corrió despavorida en dirección al río. Cuando se creía a salvo, una bala perdida le perforó el cráneo a la niña, matándola en el instante. Andrea perdió la cordura. Por varios años se escondió en las cuevas y vaguadas, temiendo ser encontrada por sus perseguidores.

Como lo relata Carlos Henríquez Consalvi en su libro “La terquedad del Izote”, ella salía de su escondite por las noches, semidesnuda, con el pelo hecho un mascón y las uñas largas, para alimentarse de raíces y peces. Aterrorizaba a los guerrilleros, dando lugar a la creencia de que era la Sigüanaba quien se aparecía en el río.

La leyenda le presta sus mejores artes a la memoria para ayudarla a pervivir. La memoria es escurridiza. Quizás solo sea una de las ramas de la ficción.

 

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