El Salvador, cuatro países en uno

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Este artículo fue escrito hace 7 años y sigue siendo tan actual.

Publicado en Carta a la iglesias del Servicio Informativo del Centro Pastoral de la UCA . No. 557 Año  XXVI. 1- 30 de Septiembre de 2006. CIDAI

¿Y dónde van los desaparecidos? Busca en los charcos y en los matorrales,

 ¿Y cuándo vuelve el desaparecido? Cada vez que lo trae el pensamiento.

¿Y porque es que se desaparecen? Es que no todos somos iguales.
Rubén Blades, Desapariciones

En este país la justicia es como una serpiente solo muerde a los descalzos.

Más allá de cualquier afán patriotero, las celebraciones de septiembre deberían apuntar a una reflexión seria sobre la configuración actual de la realidad salvadoreña. En este editorial se ensayará una reflexión a partir de la identificación de los cuatro países que coexisten en El Salvador actual. Sin duda, se pueden identificar otros, pero los cuatro a los que se presta atención son claves para entender las fracturas estructurales que caracterizan a la sociedad salvadoreña en estos momentos.

Primer país: el de la fantasía, el glamour y el estilo de vida light. Los grandes centros comerciales Multiplaza, La Gran Vía, Galerías Escalón, Villas Españolas constituyen uno de los principales espacios donde se concreta ese país. Su otro espacio son los complejos turísticos  – o las casas de playa o de montaña- donde los deportes extremos o los deportes de élite (tenis, golf, navegación) pueden ser practicados por quienes pertenecen a él. En este país, no existe más preocupación que la de disfrutar al máximo los privilegios que el dinero puede comprar. Es disfrute pleno lo que transmiten esos cuerpos atléticos (de hombres y mujeres) que navegan o juegan al tenis en sus fines de semana. Es disfrute pleno lo reflejan en sus rostros sonrientes esos y esas adolescentes retratados – e identificados con sus nombres y apellidos de rigor- por la revista Blur en sus noches de fiesta en los exclusivos centros nocturnos de la capital. De otra manera es también disfrute pleno el que reflejan sus padres en la revista “El Economista” cuando se habla ( o ellos lo hacen cuando los entrevistan ) del éxito de sus empresas o de los millones que se han embolsado en concepto de ganancias. Se trata, obviamente , de un país que solo unos pocos pueden disfrutar. La mayor parte de los salvadoreños y salvadoreñas está fuera de ese “mundo”,  aunque se les ofrezca como algo fácil de alcanzar. Es un país donde los problemas reales de la sociedad salvadoreña  no tienen cabida, porque precisamente es un país donde las preocupaciones de la mayor parte de la gente –conseguir el sustento diario para la familia, pagar el alquiler del lugar donde se vive o buscar trabajo–  no existen.

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Segundo país: el de la unidad, la paz y el orden. Este  es el país del gobierno de Antonio Saca. Ya lo dice el slogan gubernamental de moda: “ un país unido, tiene sentido”. Este país se complementa con el de la fantasía, el ocio y el glamour, pues es para este último parta el cual gobierna Arena.

En el país del gobierno solo caben quienes han triunfado en los negocios (una pequeña minoría) , quienes los admiran y pretenden ser como ellos –un segmento muy reducido de la clase media–  y quienes aceptan con pasividad  su condición de  excluidos en lo social y en lo económico – una amplia mayoría de la población –. De este lado están los “buenos salvadoreños”, los amantes  de la paz y el orden. Frente  a ellos  están los “malos salvadoreños”, los inconformes, los que protestan, los que se revelan. Contra estos últimos todo está permitido. Son , en potencia o de hecho – según la perspectiva de la derecha más recalcitrante–, unos “delincuentes terroristas”. Dicho de otra forma, el país del gobierno es también un país de fantasía, que, en su pretendida unidad, se afirma negando, como molestas anomalías, realidades constructivas de la sociedad salvadoreña actual. La exclusión, el conflicto y el desorden son la cara más real, por ser su sostén, del país del ocio el glamour del consumo ostentoso y el enriquecimiento sin límites.

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Tercer país: el del crimen territorializado, donde impera la extorsión y la impunidad. Este es el país donde la obtención de ganancias no conoce límites  para quienes se han convertido de hecho en sus dueños: las mafias de crimen organizado y las pandillas.  Los ricos más ricos de El Salvador respaldados por los gobiernos de ARENA  han enseñado que no hay nada como la riqueza, para cuya  consecución todo vale. Las bandas criminales han llevado esa enseñanza a su máxima expresión. Es decir, hay que obtener dinero de donde sea y al precio que sea. Las amenazas, el chantaje, el asesinato, el control de territorios…Todo eso es válido si de lo que se trata es de expoliar  económicamente a todo aquel que pueda aportar algo –ya se trate de un maestro de escuela, un comerciante o un empresario de transporte– en concepto de “renta” para garantizar su seguridad personal y familiar. Este tercer país está fuera de control institucional-oficial. El control es ejercido por el poder fáctico de las bandas criminales, ante las cuales los ciudadanos, indefensos, no tiene  más que someterse. Aquí, el Estado salvadoreño –y el país del gobierno– no existe, en tanto que sus  leyes no tienen ninguna vigencia. Asimismo, es un  país que progresivamente va imponiendo su lógica al conjunto de la sociedad. ¿Cuál lógica? La del temor, el chantaje, la extorsión, el abuso y la impunidad. Por lo menos aparentemente, el gobierno de Antonio Saca no caído en la cuenta del grave desafío que supone para la viabilidad de El Salvador el crecimiento de este país dominado por las mafias del crimen organizado  y las pandillas.  El candor con el que el presidente Saca habla de los asesinatos, la quema de buses y las extorsiones o la facilidad con la que reduce  toda  una conspiración de izquierda ( o a rivalidades entre determinados  sectores empresariales vinculados al transporte), son reveladoras de lo lejos que se encuentra de entender lo que está sucediendo en la sociedad salvadoreña.

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Cuarto país: el de la pobreza, la exclusión y las necesidades básicas insatisfechas. Es decir, el de la mayor parte de la población salvadoreña, agobiada  por las dificultades de todo tipo: desempleos, bajos ingresos. Salud precaria, miedo, chantajes, amenazas…

Sin dudad, este es el país más real de todos, porque es el país de la mayoría de salvadoreños y salvadoreñas. Quienes viven en este país  son los que la pasan peor en todos los sentidos. Son los que pagan los costos tanto de las decisiones gubernamentales equivocadas –económicas, políticas y sociales– como de la violencia y la inseguridad. Desde otro ángulo, en este país habitan los expoliados por el gobierno, los ricos y los criminales. Es el país al cual dicen servir los políticos y los empresarios, pero cuya felicidad o infelicidad les importa un bledo. Es el país del cual todos se sirven, incluidas las bandas criminales.  Es el país que alimenta la migración a Estados Unidos. Es decir , migración de quienes  han sido expulsados de El Salvador, pero que siguen vinculados al mismo a través de remesas que a diario envían a sus familiares aún radicados en el territorio nacional. Hasta ahora  el cuarto país es el que menos ha contado a la hora de diseñar políticas económicas, sociales y de seguridad.

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Definitivamente, si se quiere edificar un El Salvador más democrático, más seguro y menos conflictivo es este último país el que debe convertirse en la prioridad de quienes tienen el poder  para cambiar el rumbo de la sociedad salvadoreña en su conjunto.

CIDAI

Publicado en Carta a la iglesias del Servicio Informativo del Centro Pastoral de la UCA . No. 557 Año  XXVI. 1- 30 de Septiembre de 2006. 

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