El papa Francisco a los 100 días de la renuncia de Benedicto XVI

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ImagenVíctor Codina, Bolivia, 8 de junio 2013

Una vez pasado el vendaval que sacudió no solo el Vaticano sino toda la Iglesia, quisiera hacer cuatro breves reflexiones y cuestionamientos sobre algunas experiencias que hemos vivido en estos últimos tres meses desde la renuncia de Benedicto XVI.

1. En primer lugar llama la atención el folclore mediático que ha acompañado a estos acontecimientos, con el mismo despliegue informativo con que se cubre
una boda real, unos juegos olímpicos, la concesión de los Oscar o unas elecciones políticas importantes. Tanto se comentaban las intrigas de la curia y de las finanzas
vaticanas y se hacían quinielas sobre los cardenales papables, como se cuestionaba si el Papa renunciante y emérito continuaría con sus zapatos rojos o llevaría
otros de color café que le había fabricado un artesano mexicano. Hay que agradecer el trabajo de los medios.
La Iglesia es ciertamente humana y muy humana, y no podemos huir hacia fáciles espiritualismos. Pero ¿es esta la imagen de Iglesia que los cristianos reflejamos en
nuestra sociedad de hoy 2. Quizás lo que llama más la atención es el rápido 

 

cambio de clima eclesial que se ha operado en estos tres meses. Se ha valorado mucho la renuncia del anciano Papa, pero ya no se habla de crisis eclesial, ni de pederastia, ni de intrigas vaticanas, ni de los partidarios de Lefèbvre. Los libros de Ratzinger, que hasta ahora llenaban los estantes de las librerías católicas, han dado paso a las biografías y escritos de Bergoglio. Los medios comentan ahora las “florecillas del Papa Francisco”: sus
homilías sobre la misericordia y el perdón de Dios, la necesidad de ir a las periferias y “oler a oveja”, cuidar la creación, no hacer del dinero el centro de la vida, pensar
más en el hambre de los pobres que en los bancos, su libertad profética ante jefes de Estado, sus deseos de edificar una Iglesia pobre y de los pobres pero que no
sea una simple ONG piadosa sino la Iglesia de Jesús, sus bendiciones a niños enfermos o discapacitados, su visita a la cárcel de jóvenes el Jueves Santo, sus atenciones a
un miembro de la guardia suiza al que le ofrece una silla y un refrigerio. Mantiene sus viejos zapatos negros de antes y reside fuera del Palacio Vaticano. Algo está cambiando
en la Iglesia. ¿No lo notamos?
3. Junto a todo esto, también se ha puesto de manifiesto la gran ignorancia y la deformación teológica de grandes sectores de la población cristiana sobre la Iglesia, como si la Iglesia se identificase simplemente con el Papa y la curia vaticana, como si
el Papa fuese el representante de Dios en la tierra y la  cabeza de toda la Iglesia. La Iglesia la formamos todos los bautizados, la única cabeza de la Iglesia es Cristo y
el Papa es ante todo el obispo de Roma, como el Papa Francisco repetidas veces ha manifestado, no solo por humildad sino por el sentido de colegialidad con sus
hermanos en el episcopado. La misma denominación de Vicario de Cristo no es la más primitiva ni la más exacta, pues el que hace las veces de Cristo en la Iglesia es el
Espíritu, y en la época medieval los que eran llamados vicarios de Cristo eran los pobres. El Papa es el sucesor o vicario de Pedro, un apóstol llamado piedra y cimiento de
la Iglesia, pero al que también el evangelio llama piedra de escándalo y Satanás. ¿No habría que procurar una mayor formación de los cristianos bautizados?
4. Por último, a pesar de todos estos cambios positivos y esperanzadores que hacen presagiar una nueva primavera eclesial, resuenan todavía en nuestros
oídos las palabras proféticas del viejo obispo poeta Pedro Casaldáliga:

Deja la curia,Pedro

desmantela el sinedrio y la
muralla,
ordena que se cambien
todas las filacterias
por palabras de vida,
temblorosas.

Todavía seguimos soñando con una Iglesia alejada del Estado Vaticano, de su bandera, su himno, su banca y su guardia suiza, de sus nuncios diplomáticos. Soñamos con un Iglesia que vuelva a Galilea donde se manifiesta Jesús de Nazaret, el carpintero muerto y 

resucitado, y donde Pedro no lleva zapatos rojos, ni de color café o de color negro,
sino simples sandalias de pescador. Ciertamente no podemos ser ingenuos, pero 

como recordaba Pedro el día de Pentecostés, el Espíritu es quien hace que los jóvenes
tengan visiones y que los ancianos tengamos sueños (Hechos 2, 14-21, citando a
Joel 3,1). ¿Podemos extinguir el Espíritu?[Comentario. A este lúcido análisis sólo queremos añadir una doble insistencia. No permanecer espectadores ante el nuevo pontificado,
tentación normal, sin preguntarnos qué debemos acer nosotros.. Y más aún qué debemos hacer en una cultura que cada vez más convierte toda la realidad en espectáculo que divierte y enajena, y al que se puede aplaudir según guste o no guste al espectador, tal omo ocurre en el deporte de élite por ejemplo]

Tomado de http://www.uca.edu.sv/publica/cartas/media/archivo/1f51f5_pag.45franciscoa100diasderenunciaebenedicto.pdf

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