Chicotrén: cuando el arte se confunde con la vida

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El autor del artículo Carlos Velis ahora residiendo en Los Ángeles California USA, allá...
Por Carlos Velis (*)  
LOS ANGELES – Uno de los primeros recuerdos de mi vida es cuando mis abuelitos se vestían formalmente para sentarse a oír el radio. Era uno de aquellos aparatos con un gabinete muy elegante, de madera fina y una ventanita con paño, por donde salía el sonido. Para mí era magia.
En mi corazón de niño, aquellos momentos quedaron grabados para siempre. Las primeras voces que escuché, sentado en las piernas de mis recordados abuelos, eran las de Nanayaca y Chicotrén.
Años después, les puse cara y nombre a aquellas voces. Nanayaca era Roberto Arturo Menéndez, Chicotrén, Eugenio Acosta Rodríguez. El primero emigró muchos años antes de que la vida me llevara por los caminos del arte escénico, pero al segundo, nunca más le perdí de vista. Primero, como el profesor de teatro de mis amigos del Instituto Menéndez, después, como colega, director, admirado y respetado y, por fin, como amigo, gran amigo más exactamente.
Toda su vida estuvo dedicada al teatro. Pasó por las manos de todos los maestros que llegaron al país. Don Fernando Meléndez del Valle, don Edmundo Barbero, don Fernando Torre Lapham, el maestro Antonio Malonda, entre otros. Practicó todos los géneros teatrales y escribió muchas comedias. Admiraba mucho a Enrique Jardiel Poncela, de quien produjo su famosa comedia “Madre el drama padre”.
En 1985, estando en Costa Rica, supe que la compañía teatral Camaleón, dirigida por él, había producido dicha comedia con gran éxito. En esa ocasión, todavía en plena guerra, el público quebró una de las puertas de vidrio del Teatro Nacional, intentando entrar, aunque ya el teatro estaba lleno por completo. Entonces supe que era el momento de regresar. Había gente que soñaba y perseguía los mismos sueños que yo. Así, en 1986, enero, llegaba al país, pero tuve que esperar por tres años para cumplir mi propósito de trabajar con Eugenio, en la comedia de don Pedro Muñoz Seca, “La venganza de don Mendo”. Ese mismo año, gentilmente accedió encantado a participar en una lectura dramática de una de mis primeras obras llamada “Salvaterra”, la que se realizó en el Café Teatro.
Desde entonces, lo acompañé por varias aventuras teatrales. Algunas fueron un éxito, otras no tanto, pero nunca vi a Eugenio que lo ganara el desaliento. Con su voz característica, soltaba chistes y ocurrencias a torrentes. Son inolvidables las peñas literarias y musicales en el bar Camaleón, del recordado Danilo Ávalos Castro, donde se dieron los primeros intentos de convivencia pacífica de contrarios ideológicos, donde se discutía de todo un poco y –qué valientes–, en plena guerra, casi en los albores de la ofensiva, llegábamos hasta la madrugada en alegre camaradería. Años después, en el Míster Donut de la San Luis, de nuevo coincidimos en otra tertulia, donde también se discutía de todo un poco. Allí me hizo el honor de darme a conocer sus “Sonetos del tercer mundo” y me pidió se los prologara para un libro que publicaron en sociedad con José Luis Urrutia.
Así le conocí su calidad humana, su fidelidad como amigo, su inagotable ingenio artístico.
En los mejores momentos de la radio y televisión de nuestro país, escribía comedias casi a diario.
Creó las comedias “Las estampas de San Blas”, “El barbero de la villa”, “Oficina para todos”, asociado con Aniceto y don Paco Medina Funes. De allí vienen los nombres de los pueblos “San Blas de la Piedra Poma”, “Santa Jovita de la Pluma Fuente”, “San Luis de los Ojos Turnios”, entre otros. Lamentablemente, por las condiciones que ya conocemos de nuestro país, se llevó consigo las ilusiones de estrenar una comedia musical que siempre llevaba en su cabeza, la que le oí muchas veces, contando el guión, cantando las arias e, incluso, describiendo la orquestación. Valientemente, tercamente, logró llevar a las tablas varios textos propios, como “Esa clase media”, que fue un éxito.
Su fidelidad a la amistad, que para él era sagrada, muchas veces lo llevaron a equivocarse y poner su confianza en la persona que no debía. Así hubo gente que se aprovechó de él, pero nunca quiso saber de dobleces de sus amigos. Quizá el golpe más fuerte lo vivió en 1999, cuando era el candidato nato para el Premio Nacional de Cultura, por su edad, trayectoria, dedicación, etc. Un “amigo” que estaba en el jurado, lo llamó por teléfono y lo felicitó por haber sido el elegido. Al día siguiente supo que lo habían engañado. Creo que todo el gremio, incluida Dorita de Ayala, quien recibió el galardón, hubiéramos estado muy complacidos si él hubiera sido el elegido. Dos integrantes de ese jurado ya no están con nosotros en este plano de la existencia, así que nunca sabremos sus razones, pero ese engaño dejó una huella muy profunda en el alma de mi amigo, incluso, le quebrantó su salud.
El mismo año, el Centro Cultural Salvadoreño convocó a su premio anual de cultura y me tocó a mí servir de jurado. Sobra decir quién lo ganó, pero el mismo personaje, que era parte del jurado de nuevo, votó en su contra, aunque después se sumó a los demás jurados, pero a pesar de su voto en contra, inmediatamente llamó a Eugenio para darle él la noticia. Mi amigo, con ese gesto, se le olvidó todo rencor y le devolvió la confianza. Yo preferí no desengañarlo. Era mejor.
Ahora que se nos adelantó hacia el infinito, me doy cuenta que con él, se cierra una etapa de nuestra vida cultural, cuando las comedias y radio novelas se hacían directamente al aire, con efectos especiales hechos por el talentoso Chele Ávila, con estopas de coco, papel celofán, etc. Gente que ya no se repetirá, como Margarita de Nieva, los Loucel, Aniceto Porsisoca, y tantos otros que nos legaron el amor por el arte.
Eugenio, hasta siempre.

(*) Columnista de contrACultura

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