La siguanaba

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Una de las leyendas indígenas  más prendidas en el corazón de los salvadoreños es la de la Siguanaba. Esa mujer terrible que engaña a los hombres incautos en los caminos y que les hace pagar sus pecados de lascivia con una abrupta transformación en la que  se muestra  tal y como es o quizás en la peor de sus  facetas.  Bueno si Jacinta Escudos dice que El Diablo Sabe su nombre la Sigua sabe el mío… estamos a mano.

Este relato que me parece es de los más hermosos sobre Doña Sigua, está tomado de la novela  Un Día en La Vida del Maestro Manlio Argueta.

1.30 p.m.

Me cago de la risa.

Me hace miarme cada vez que lo cuenta. Le pasó por andar de malicioso. El no lo niega, al contrario. Cuando está de buen humor lo repite y lo repite. A los nietos, a los hijos pequeños. A mí. “Pues fíjate cómo me fue saliendo la mujer esa.” Y viene con el mismo cuento.

No para de contar.

Pues iba en busca de altamiza para el dolor de estómago de María Pía, de nueve años entonces. Le digo a mi abuela. Voy donde ella y que si me presta a Cañafístola. “Y qué te pasa, niño.” “Que la cipota se me ha enfermado y voy a ir al río a buscar altamiza.” “Huy pero te va a agarrar la oscuridad.” Me decían los abuelos. “Llévatela, pues, por ahí está el pepeshte y la montura.” Y me fui con Cañafístola. Apenas son las cinco de la tarde.

Pero en ese tiempo a las cinco de la tarde ya era noche. Porque uno salía de la tarea a las cuatro y directamente a la casa. Y más con el peligro pues recién había pasado la matanza del treinta y dos. Y me fui para el río. Me pasa por bruto, fíjate, andar tan noche. Ya el sol se estaba hundiendo en los cafetos, detrás de la neblina de esas horas de frío en los huesos. Cualquier persona es peligrosa en un camino solitario como el del río. En eso vi el bulto sentado en una piedra y el bulto no estaba malo. Según me iba acercando me daba cuenta que no estaba malo el bulto porque era una mujer guapa. De pelo largo y vestido de colores, bastante sucio, eso sí. A saber quién la había dejado abandonada. Y cuando me le acerqué para preguntarle en qué podía servirle, me di cuenta que no usaba corpiño. Por el temblor de sus pechos debajo de su vestido, me daba cuenta. La tela de su vestido temblando a cada palpite de su corazón, como si adentro tuviera arena movediza o como un charco  cuando le da directamente la luz de la luna, que el agua no se está quieta meciéndose. Y la emoción le nubla los ojos a uno.

Sus caderas de cántaro lleno de agua fresca. Y los grandes camanances como para jugar chibola en ellos. Los ojos brillantes, como de terciopelo o de culebra masacuata. Sólo miraba sus ojos, sus caderas y los camanances pues no dejaba de sonreír.

Imagínense, no ocurrírseme que podía tratarse de la sucia.

Y le digo: Por qué está sentada en esa piedra, no ve que ha de estar caliente y le puede dar maldeorín.

Y me dice: Pues fíjese que no, esta piedra está bien fresquita, muy rica para sentarse, lo único que estoy abandonada aquí.

Le digo: Pues ya no va estar sólita si yo le puedo ser útil en algo que usted mande.

Sinceramente les digo que yo me puse alagartado. Diciéndome ella que no le daba maldeorín, pierda cuidado. Y cómo no me iba a emocionar, pues yo estaba jovencito culo caliente. “Yo se lo digo por su bien, mi amor.” Con sólo acordarme se me paran los pelos de punta. Y voy haciendo la amistad con la desconocida, sin fijarme en las sombras que nos envuelven lentamente. Ella llenaba todo el silencio del cafetal. Y le digo: qué hace tan sólita por estos lados. Me dice que no está sola. Miro alrededor y no hay nadie. Pongo cara de tonto, pues no veo a nadie. Está usted conmigo, me dice. Me vuelve el corazón a mi puesto. Entonces estamos solos en esta soledad. Así es, me dice. Y yo de chucho, queriéndole caer encima. Y le digo que si me acompaña, voy para el río a buscar altamiza y después le llevo donde usted ordene. A todo esto ya me estaba temblando la voz y el chacalele daba vueltas de gato dentro de mí. Pum-pum, le hacía de la emoción que casi me paralizaba. Por su cintura de cántaro. Móntese, pues. Le ayudo a subir y la llevo adelante, para que no se me vaya a caer y golpearse. Apretándola, no se preocupe, yo la llevo bien agarrada para que no se lastime con los saltos de este animal. Y nada que saltaba, nada más lo hacía por picardía, por aprovechado.

“Voy con usted y luego le digo”, habla con voz de susurro.

“No tenga cuidado, donde manda capitán no manda marinero, usted sólo indica el lugar y la llevo.” Hasta el dolor de María Pía se me había olvidado. Y lo peor es que le miento para no darle celos. A mí se me cruza en la mente que puede sentir celos. Baboso que es uno. “La altamiza es para una vecinita del pueblo, de repente le dolió el estómago.” Precisamente yo era un candidato Dará esta mujer, quizás por mi juventud y por mi alagartamiento. Y lo peor es que ella hablándome de las flores del camino y de los chimbólos del río que son una delicia.

Y le digo: “A usted le gustan las pepescas.”Me dice: “No, no me gustan.”

“Entonces ¿por qué dice que le gustan las olominas del río?” pregunto.

“Porque es lo mismo”, responde.

“No es lo mismo”, le digo; “Las pepescas, son las olominas secas que se comen fritas y las olominas son las pepescas cuando están vivas”, termino de decirle. “Pues así es”, me aclara: “me gustan los pescad ¡Los frescos y vivitos”.

Y doy el primer salto. Y como uno es bruto, no entiende a la primera, todavía le digo: tan bromista que es usted. Y la llevo bien apercollada, apretadita que ya parecemos ranas chachas. Todo por mi picardía. Como si me hubiera sacado la lotería.

La primera vez que José con I ó el cuento sentí un poco de celos, pero sólo al principio.

En la realidad fue diferente. Llegó muriéndose de frío, creíamos que había visto al diablo. Pero el puñetero no soltó la altamiza, la llevaba apretadita al pecho. Tartamudo, helado y cherche como chancho de loza.

Y dónde le sacábamos palabra, cuando qué te pasa, que te picó una culebra o te salió el diablo. Y nada. No quena soltar la altamiza. La cosa no era de reírse pues nos afligió su estado.

Y me la imaginaba tendida en las piedras desnuda’, sí sólo era de quitarle el vestido y suficiente. Ya me había dado cuenta mientras la apretaba, mientras le ponía

las manos sobre el ombligo y como por descuidito la bajaba o la subía para medio tocar sus pechos, todo de acuerdo a los saltos que daba Cañafístola. Le digo que

tiene el pelo más hermoso de este lugar. Ella me dice que no sea tan mentiroso, usted sabe que soy fea. Porque bonita sí era la puta, por lo menos así la vi al subirla al caballo. Y le pregunto que si esas chichitas tienen un dueño. Me dice que depende. Y más loco que impongo. Si ya me siento jineteándola. Desde que la vi me enamoré de sus camanances. Le digo. Y de sus ojos brillantes como luciérnagas. Y me dice la puta; y esto que no los ha visto más directamente. Y cómo son sus ojos vistos directamente, le pregunto. Es mejor que me los vea hasta llegar al río, dice. Ay, usted tan bayunquita, acaso le da pena, le digo.

Entonces como que me reclama: “Usted me lleva tan apercollada que ni me deja moverme, cómo quiere que me dé vuelta para enseñarle los ojos, no sea impaciente, además quite la mano de ahí.” Porque yo de abusivo ya ni hallo que hacer con mis dos manos que parecen masacuatas, queriendo comérmela con las uñas, con los dedos. Y le digo: es que usted lo pone loco a uno.

Me dice: “Usted lo que es, es un gran chabacán, si hasta me está cogiendo de los pelitos.”

Y me va entrando una gran vergüenza. La aflojo un tanto. Cuál es mi sorpresa cuando me reclama: “Si no es para tanto”. Para que quise más, ustedes imagínenlo.

Para disimular le digo: “Qué será que a medida que bajamos al río se siente un aire helado.” En verdad lo es-taba sintiendo. “Es el aire helado de la pelona.” Así me dice. “Usted dice que yo soy chabacán y usted es una gran tomadora de pelo.” Le digo la verdad. Se  burla de la gente, haciéndome el santón. “Pues viera que yo a medida que me acerco al río me siento más tibiecita.” Cuando me menciona el río me entra la gran calentura de hombre, pues voy que no me aguanto. La oscurana sale y no sale. Y yo que no salga, doblando y cruzando los dedos para que no salga pues la gracia era contemplarla, admirarle su cuerpo de cántaro de barro. Pero al sol lo atrapaban los guarumos más altos. Y la verdad que el camino es de Cañafístola, él dirige, hasta se le enredan las patas, como si adivinara, se contagiara con mis fiebres. Sus pechos, para que voy a mentir, como dos tortolitas, de piquitos duros, sus pezones de paloma de castilla.

Hasta que al Cañafístola se le planta caracolear. “Qué le pasará a esta bestia.” El relincho del caballo desparrama los pájaros medio adormilados. Siento el runnn-runnn de las alas espantadas. Las lechuzas y los tecolotes: buu-buu. “Habrá visto un tamagás.” Digo. Se niega seguir adelante. Le meto las espuelas y nada, se para en dos patas. “Apúrate infeliz, no ves que ya estamos llegando al río”.

Pienso que no hay mal que por bien no venga: Quizás nos tenemos que bajar aquí, al fin y al cabo lo mismo dan las piedras de un río que un peñón lisito que ya le estaba volando ojo. Por aquí buscamos la altamiza le digo y luego la llevo donde usted me diga. Porque uno es chucho con las mujeres. “Bajemos entonces.” Y ella coqueta: “Ay no, usted quizás me quiere hacer algo.” “Déjese de bayuncadas, no ve que la bestia  se niega a seguir, si no le va a pasar nada malo.” Viene la puta y me dice: “Si lo que quiero es que no me pase algo bueno”.

Y para que me dice: más me tiemblan.las canillas. Yluego: “Le voy a decir la verdad, yo había calculado lo oscurito del río, como está en lo bajo y ya viene la noche, pero aquí me da miedo.” Le digo: ¿Miedo de que?” Me dice:. “Miedo de la luz.” “Es que usted ha de ser muy penosa”, le digo. Y yo creyendo que me estaba insinuando cosas: “Véngase, vamos a la peña, ahí por lo bajo hay altamiza”, pensando que por lo bajo es más oscuro y que no se va a negar en lo oscurito. Ella no quiere caminar. “Ande, no sea bayunca, vamos al peñón.” La cabeza agachada, con el pelo encima. La agarro un poco a la fuerza, jaloneándola. Como quien dice: “véngashe. con shu papa.” “No me jale que yo voy a ir con mi gusto”, me dice. Y luego, mientras le meto la mano ahí donde tiene guardadas sus dos palomitas de castilla, me habla con una voz diferente, casi me parece otra persona: “Es que yo soy hija de la oscuridad”. “Arriba de la peña está claro, pero abajito ya hace noche, vamos a ver y verá.” Pues yo de Juan vendeme las conservas no había caído. Y ya con las dos palomas de castilla en mis manos, quise beber de su lechita. Entonces vi que por entre su pelo salía una luz, la luz de unos ojos de gato. Creyendo yo en mi imaginación, o en la belleza de sus ojos. Le pregunto: “Por qué le brillan tanto sus ojos”. “Y vieras cómo se me ven en lo oscuro”, me dice.

Pero ya cuando la brama le entra a uno, quien nos detiene. Pues rio me vayan a negar que ella me estaba dando la oportunidad y los hombres no podemos desperdiciar, pues entonces hablan mal de uno. Hasta de maricón lo pueden tildar.

“Pues vamos a lo oscurito para admirártelos”, le ligo cada vez más pendejo. Y cuando ya va tranquilina hacia la peña, me dice: “Eso no es nada, mira mis uñitas”. Voy viendo las uñas más grandes que había visto, que le habían crecido de momento o quizás de la emoción ni cuenta me daba, aunque no recuerdo haberle tocado las manos, como uno se va más directo en estos casos de mujer sola encontrada por un hombre en un camino solo. Y más si es mujer coqueta. Si el hombre es mujeriego, por supuesto. Aunque yo nunca he sido mujeriego; pero en arca abierta el justo peca. Y entonces movió la cabeza para atrás, descubriendo su cara que la tenía cubierta con el pelo. Y nada de camanances lindos. Y estaba pálida, como los muertos. Inmediatamente la solté pues sentí que de pronto se había vuelto.  Por último me dijo: “Y eso no es nada, mirá mis dientitos”

Voy viendo los dientes más grandes en mi vida y solo atiné en oír la gran carcajada y me cagué ahí mismo. Se bajó la blusa del todo y me gritó: “Aquí están tus tetas, aquí están tus tetas”. Cuando llegué a la casa iba prendido en calentura. No sé ni como llegué

Cuando llegué a la casa iba prendido en calentura. No se ni como llegué.

Y me dice la abuela: “Por qué traés una cara de muerto”. Y de dónde diablos me salían palabras. Había perdido el habla. Y para más: ” ¡Si estás cagado!, ¿qué te pasó?”

Estuve más de cinco días en la cama. Y dicen qué no soltaba un ramito de altamiza, contra mi pecho. A saber a qué horas la recogí. Desde entonces mis ojos son para Lupe. No tuve ojos para otra gente. Cualquier mujer que me sonreía, estaba viendo a la siguanaba. Y       si vieran cómo cuenta José su encuentro con la siguanaba. Bueno, ahora ya ni siquiera se acuerda. Fijate, le digo a José, que estuviste más de diez días a puro atol de maicena y cuajada, como si hubieras sido un tierno. No podías comer otra cosa porque todo se te venía. Y alguien nos dijo delen comida de niño, es más suave. Y todos lo venían a ver y no se aguantaban porque les contara. Pasó más de un mes para que pudiera hacerlo.

A mí me lo dijo rápido. Me lo confió como un secreto, pues le daba pena contar sus picardías con la si guanaba. “Si no te cuento, no voy a pagar mi pecado”, me dijo. “Es la única manera de curarme.” Así fue pues una vez que me contó se fue sintiendo mejorcito. Yo di je que lo perdonaba. Pero como esa fue la historia de su vida, estuvo contándola por varios años y cada vez le aumentaba un poco más. Ya en las últimas versiones nos hacía orinar de la risa. José piensa ahora que fue un sueño.

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2 comentarios sobre “La siguanaba

    LUIS LOPEZ escribió:
    noviembre 22, 2012 en 1:12 pm

    HOLA MAURICIO, MI NOMBRE ES LUIS LOPEZ-AYALA Y ESTOY COMPONIENDO UNA CANCION SOBRE LA SIGUANABA Y QUISIERA USAR TU PINTURA PARA QUE ACOMPANE LA CANCION Y SUBIRLA AL YOUTUBE. TE GRADECERIA MUCHO.
    GRACIAS, LUIS

    ME PODRIAS RESPONDER A: LOPEZLUIS876@GMAIL.COM

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      mauricioyanes respondido:
      diciembre 3, 2012 en 2:50 pm

      La pintura no es mía la descargue poniendo La Siguanaba en google. Exitos.

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