Lucio

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Lucio (Tomado de Historias para tener presente. Probúsqueda. UCA/Editores, El Salvador)

 

Muchos de los años de la infancia de Lucio trascurren en San Vicente, en las faldas del volcán Chinchontepec, durante el conflicto armado de la década de los ochenta, tratando de sobrevivir a las embestidas del ejercito  salvadoreño. En este tiempo de hambre, huidas y muertes, la figura de su padre – un campesino que no podía leer y escribir – toma una dimensión increíble que salva al niño de la muerte y la locura.
Mi papá tendría que haber tenido unos 50 años entonces. Tenía ojos negros piel oscura y manos grandes y gruesas. Le faltaba el pulgar de la mano derecha. Él decía que un tunca se lo había comido, pero Marta, mi hermana mayor, me contó que se lo habían cortado con un machete en una pelea de juventud. ….

En los cafetales, muchas familias hicieron escondites. Con una barra de hierro, mi papá excavó un hoyo en el bordo de una pequeña quebrada. Era una tierra llamada talpetate, un material poroso, como un cemento natural. Logró hacer una cueva pequeña, donde cabíamos bien los dos…. Pasábamos todo el día metidos en el hoyo. Al anochecer, mi papá salía a buscar comida… Me cuerdo que en el escondite nos llenamos todo el cuerpo de unasgaarrapatas chiquitillas que le decíamos coloradillas, porque tenían un color rojizo. ¡Sus piquetes causaban una comezón terrible! Hacían ronchas en la piel…. Mi papá me las quitaba, masticaba tabaco y les echaba la mezcla de saliva y tabaco encima para despegarlas de la piel. El me limpiaba a mi y yo lo limpiaba a él, porque era difícil hacerlo.

Mi papá me cuidaba mucho. Sentía que me quería un montón. Siempre pensaba en mí y luego en sí mismo. Si había algo de comer, pensaba más en mi hambre que en la suya. Y eso que los dos sufríamos de hambre. Luego, si sobraba algo, me guardaba el alimento para que lo pudiera comer después, cuando tuviera hambre.

Luego de la escapada de la Hacienda Peñas, huimos durante varios días. No me acuerdo cuánto, pero me pareció una eternidad. Caminábamos un rato y nos escondíamos…. Esa guinda fue dura. Aguantábamos agua muy seguido, porque ya había comenzado el invierno. Los pies se cocían por la humedad y se llenaban de hongos. Cuando ya no aguanté, mi papá me cargó sobre sus hombros. Cuando me bajó de nuevo, tenía las piernas dormidas: me paraba y otra vez me caía. Entonces, no le quedó más que alzarme de nuevo en sus hombros. Luego me metió en un saco de yute que encontró. En los extremos del saco amarró una cuerda que se atravesó en el pecho, le abrió un hoyo para que yo sacara la cabeza y así me anduvo, cargado en la espalda, durante los días que duró la guinda.

… varios centenares de familias nos asentamos en La India…, siempre en las faldas del volcán. Alguna gente se apropió de las casas que todavía estaban enteras…. Los demás construimos champitas con láminas viejas, plásticas y cartones. Para dormir, mi papá y yo hicimos una cama de bambúes.

En La India, mi papá, a veces, me llevaba a hacer posta…. En una de las primeras invasiones grandes que hizo el ejercito después de la Hacienda Las Peñas, casi nos agarran…. Íbamos caminando. Yo iba delante con una botellita de agua y mi papá venia atrás con su cebadera y el corvo. De repente, en medio del cafetal, se asomó un hombre con una camisa verde, una ametralladora y dos cinturones de tiros atravesados. Detrás de él venían otro montón de hombres. Le dije a mi papá: ¡Mire lo que viene ahí”. Sin decir nada, él me abrazó y se aventó en medio de unas piedras grandes, Nos quedamos escondidos, casi sin respirar.

Quizás los soldados ya venían de lejos, porque decidieron descansar allí mismo, recostados en las piedras detrás de las cuales nos habíamos metido [mi padre y yo]. No nos movimos, esperando que se fueran. ¡Pero nunca se iban! Pasó el día y seguían allí. Llegó la noche e instalaron su campamento. Podíamos escuchar sus conversaciones y sentíamos el olor a cigarro.

El espacio entre las piedras sólo permitía que estuviéramos sentados o agachados, no nos podíamos parar o acostar. El cuerpo empezó a doler por estar en una sola posición. Al segundo día, nos entró el hambre. Se olía la comida que preparaban los soldados. Y nosotros sólo con una botellita de agua y una bolsa con una libra de azúcar. Estábamos en pleno verano y no había nada de humedad, ni una gotita de rocío que pudiéramos aprovechar. En el día sufríamos mucho calor y en la noche, mucho frío. Mi papá me daba un poquito de azúcar y un traguito de agua dos veces al día. Él no tomaba casi nada, únicamente se humedecía los labios.

En resumen, pasamos una semana en medio de las piedras. Al octavo día, mi papá me susurró: “Mira, yo ya no aguanto más”. Habíamos escuchado a los soldados en la mañana y no sabíamos si habían levantado el campamento. Mi papá decidió arriesgarse. “Lucio, yo voy a salir. Si me matan, vos no hagas nada. Quedate escondido. Suceda lo que suceda, no salgás”, me ordenó.  Mi papá se subió a las piedras. Al ratito regresó; los soldados se había ido.

Cuando regresamos a La India pudimos hacer comida… Mi papá ponía trampas para agarrar pájaros…. También había diseñado una trampa para agarrar cusucos.

Cuando volvíamos de poner las trampas que había hecho mi papá y aún no teníamos sueño, él me contaba cuentos. A veces eran historias relacionadas con mi mamá. Recuerdo que una vez que íbamos caminando y ya estaba oscureciendo, pasamos cerca del lugar donde ella está enterrada. Mi papá iba caminando adelante y yo detrás. Me dijo: “cuando oigás que canten los grillos es porque un muerto está allí” De repente comencé a oír los grillos. Mi papá, al escucharlos salió corriendo y me dejó atrás. Me quedé llorando. Corría y lloraba más. Al rato, mi papá regresó por mí. Cuando me vio llorando, se arrepintió de lo que había hecho, me abrazó y me dijo: “No, Lucio, no llorés, son mentiras”

Mi papá creía en todas las leyendas del campo. Me contaba muchas historias sobre el Cipitío, el Cadejo y cosas así… Nunca contaba historias cuando había más gente; sólo cuando estábamos los dos juntos, acostados, esperando que nos diera sueño

A veces, en la noche, cuando estábamos dormidos en la champita, me dejaba solo y se iba a hacer sus necesidades a algún lado. Si yo me despertaba en ese momento y no lo encontraba, me ponía muy afligido. Cuando se acostaba de nuevo, le preguntaba de dónde venía: “De hacer un mandado”, me decía.

En la madrugada me gustaba oír música con él. Si mi papá había podido conseguir baterías, ponía la vieja radio que cargaba y oíamos rancheras, a las cuatro de la mañana.

Cuando amanecía, nos asoleábamos para que nos entrara el calor. Después íbamos a traer agua a la quebrada que pasa arriba del cantón, donde había hecho una enorme pila de cemento para captarla de un nacimiento. En esa pila, mi papá me enseñó a nadar. Me agarraba de la cintura y yo pataleaba hasta que lograba mantenerme a flote.

En las noches de luna, mi papá iba a cortar caña. Regresaba con cuatro o cinco cañas, me acomodaba entre sus piernas y nos poníamos a chupar caña debajo del copinol que estaba frente a nuestra champita. Algunas veces otros señores llegaban a platicar con él… [yo] seguía un rato la conversación, pero me dormía. En la mañana, amanecía adentro de la champita sobre la cama de bambués.

… en el volcán, mi papá agarró cuatro cusucos pequeños. Iban caminando con la mamá cusuca entre los cafetos. La mamá se corrió. Mi papá los agarró… los hizo en sopa con arroz. Hizo fuego, puso un cumbo de leche, le echó agua, hojas de guayabo, guineos, cebolla y tomate y los cusuquitos aliñados. ¡Quedó rico! Había aprendido a cocinar bastante bien. Fue la mejor comida que probé durante los años en el volcán.

De regreso al campamento, mi papá me dijo: “mirá, voy a ir a traer matazanos allá, al cementerio”… Le hice un gran berrinche para que me llevara, porque quería acompañarlo y comer fruta. Tal relajo armé que mi papá terminó por cortar una rama de café y darme unos chilillazos en las nalgas.

Cuando me pasó el llanto y el enojo, me subí a un pepeto para tratar de verlo… Tenía una hora más o menos de estar subido en elpepeto, cuando se escuchó el bombazo… La mina le quito el pie y le dejó la pierna toda deshilachada. Las esquirlas le arrancaron parte de la cara; la nariz la tenía rajada por la mitad. Tenía esquirlas metidas por todos lados…

Mientras seguía limpiándole la sangre de la cara, se ponía cada vez más pálido. Me decía: “Lucio, a vos te van a venir a traer. Prométeme que vos te vas a ir de aquí… yo le dije a los compañeros que te mandaran fuera, en caso que me sucediera algo. No te vayas a oponer. Prometeme eso, Lucio”… Le pregunté “¿Para dónde me van a llevar?”. Me dijo: “Te van a llevar a un lugar donde hay escuela. Tenés que estudiar para que no seas igual a tus hermanos que nunca estudiaron…Prometémelo, Lucio. Te vas a ir, porque eso es lo mejor para vos. No quiero que te quedés aquí vos solo”… Tuvo que insistir un montón, pero al final se lo prometí.

Las enfermeras me apartaron de mi papá a las ocho de la noche y me acostaron en un banquito, afuera del hospitalito. No se a qué horas me dormí, en medio del llanto. Cuando desperté fui a buscar a mi papá, pero la hamaca estaba vacía. Murió a las ocho y media de la noche.

 

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