Fuimos los personajes que llevaban alegría…

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Hace un tiempo se murió el payaso Chirajito. Con su muerte agoniza también toda la hornada de artistas puros  y de casta noble. Porque Arístides Alfaro Samper, perteneció a una especie de artistas que están a punto de extinguirse. Un grupo de artistas escénicos, actores y actrices, cantantes, poetas, músicos, empeñados en ser artistas por serlo y nada más. Obstinados en vivir de lo que la gente pagaba por verlos y hacerlos  reír. Tozudos y tercos en crear un sistema de derechos y seguros para los que se dedicaran a este oficio en una tierra que apedrea a sus profetas y que desprecia lo propio. A “Tío Chirajito”, como le decíamos los hijos de sus colegas, de nada le sirvió haber estudiado contaduría en la ENCO, el Viejo Chirajo, se formó como un artista escénico y sus primeros pasos no fueron con la cara pintada. Su primer trabajo lo compartía con un músico de la sinfónica nacional con el que hacían una pareja llamada Mini  y Chumina, hay  que hacer notar que Chirajito tocaba la armónica o dulzaina, la guitarra y el violín.  Eran lo que en el medio circense se llama un duo de cómicos musicales. Luego hizo algunos experimentos sin mucho éxito en la radio y la TV hasta  Chumina, se enfermó de gravedad y él decidió  pintarse la cara. Su recorrido por lo circos nacionales en los que siempre era atracción,  fue largo y fructífero, con  importantes participaciones en el teatro y en las llamadas “caravanas artísticas” grupos artistas de itinerantes de pueblo en pueblo generalmente formados alrededor de un personaje fuerte y patrocinados por alguna empresa comercial vigente.

Ese era el gran Chirajito. En toda su trayectoria Chirajito siempre soñó con un mundo de justicia y bonanza para los artistas salvadoreños, siempre estuvo presente en luchas sindicales, fundaciones de ayuda y cuanta protesta artística hubiera lo tenía siempre como protagonista. Es de hacer notar su vocación por  los niños abandonados, de los que siempre muy a su manera, estuvo pendiente. . Una vez formó un circo escuela, El Circo de Los Niños, que no pasó del intento por falta de financiamiento, apoyo y planificación,  pero del que surgieronbuenos talentos actuales.

Su aparecimiento en Jardín Infantil fue casi casual  llegar un día de grabación, hablar con el director del programa, pedir una oportunidad, sin sueldo o con uno honorario y estar en TV. Así se hicieron las estrellas de la TV salvadoreña. Sin casting, sin proyecto, sin productor ejecutivo. Así llegaron “los personajes que llevamos alegría a toditos los rincones de mi tierra El Salvador”. Pero por esas extrañas justicias que tiene el tercer mundo los payasitos de la TV de El Salvador: Prontito, Chirajito, Pizarrín y Tío Periquito; lograron el rating (alto punteo de tele audiencia) en el segmento más difícil de conquistar: el corazón de los niños.  Este fenómeno de la televisión es muy raro en el mundo,  se cuentan con las manos los payasos, propiamente payasos, que han estado tanto tiempo (más de 25 años) en la TV, son notorios Bozo, en USA, Gabi, Fofo y Milike en España, Cepillín y ahora Platanito en México y por supuesto nuestros entrañables … todos de Jardín Infantil.

De la inolvidable cuarteta solo queda Pizarrín. Prontito, Alfredo Cárcamo,  fue el primero en abandonar el escenario. Un serio problema hepático producto de su vida bohemia le borró la sonrisa de un solo golpe. El indomable Prontito, hombre fuerte de circo y pareja inseparable de Pizarrín nos dejó con el aplauso a medias, con la sonrisa en el recuerdo, con la carpa a media asta. Luego fue el turno para el veterano de los cuatro, el Tío Periquito. El abuelo Salvador Vega Hall, descendiente de irlandeses residentes en el país, concertista de piano, maestro de música y con una enorme vocación por lo niños. Ese era el Tío Periquito, con su traje de duende irlandés, fiel a sus antepasados y con una sencillez que lo caracterizó  y lo marcó de por  vida. Fue el creador de darle ritmo y notas a la canción “Los Personajes” que comenzó como una chanza entre ellos. Pronto la canción era un clásico al lado de “Señora Puerta”,  “Va la Tortuga Tuga Tuga” y otras tantas sinfonías bobas.

…y de los cuatro que tenía ya solo me queda uno uno uno uno: Pizarrín. Pizarrín, es heredero de la tradición payasesca de Don Pelele, su Señor Padre, a quien muy pocos recuerdan como comparsa o carnal del legendario Heladio Velásquez, Chocolate. Pizarrín es  el  único que queda de estos mosqueteros de la risa, el último pájaro de color vivo de este jardín. Ha llevado sobre sus hombros los féretros de sus tres compañeros de aventuras. Le ha tocado reír en momentos de dolor. Un Pizarrín es un dulce de menta  veteado de rojo y blanco, Pizarrín es un hombre cuya dulzura se apaga y se enciende, veteada por el dolor y por la alegría. Cuando las cámaras veleidosas de la TV nacional, han querido hacer noticia y espectáculo del entierro o del velorio  de sus compañeros, Pizarrín siempre ha soltado una frase dura, lacónica, fuerte y reclamativa: “Hoy para qué cámaras y homenajes, en vida hermanos en vida”. Ojalá que Pizarrín pueda gozar en vida lo que sus compañeros no pudieron presenciar: la cobertura de todos los medios de radio y TV; las primeras páginas de todos los periódicos, entrevistas, homenajes y menciones especiales. Ojalá que a Pizarrín y a otros artistas veteranos como Chicotrén (Eugenio Acosta Rodríguez), Pánfilo (Mauricio Bojórquez), El Primo Chomo (Roberto Reyes), El Cipìtío (Rolando Menéndez Castro) El Mago Fanci (Francisco Girón Avalos) , Eduardo Fuentes, etc., les den una merecida  “pensionsita“ oficial, como la que tienen tantos personajes oscuros que han hecho llorar a este país y no reír como ellos.  Y ojalá que les llegue en Vida Hermanos en Vida.

Que Dios y la musa Talía bendiga a los comediantes nacionales. Y que me los tenga siempre alegres enseñando la mazorca, recibiendo aplausos y contando sus aventuras y sus cuentos de camino real. Que gocemos mucho de sus payasada, sus panfiladas, sus aventuras infantiles, de sus melodías y su magia;  y que cuando les digamos: “Ya se va papito”,  ellos aún tengan el puño firme y la  fuerza  para levantar una copa de vino y decirnos  “ Salud, pues” y cierre la noche de aplausos.

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